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–¿Wittgenstein?

–El mismo que viste y calza.

–Te convendría hacerme una visita. Tengo algo que te puede interesar.

–Escucha, estoy muy ocupado, ¿por qué no vienes tú a mi despacho?

–Mira, las cosas están así: puedes seguir haciendo tu trabajo y, luego, poner tu culo a remojar una semana después de que tu jefa te lo patee por no haber estado al tanto de la información que en estos momentos tengo en mi haber, o bien puedes moverlo rápidamente hasta mi despacho y, luego, en lugar de hielo, ponerte una bella flor, para celebrar tu buena suerte.

–Cinco minutos, no te muevas.

–(Gilipollas.)

–(Gilipollas.)

–¿Aló? ¿Te pillo presentable o Islanovska te ha hecho ya “la visita” del día?

–No te preocupes, hace tiempo que ya se fue.

–No me preocupo, hace tiempo que ya se fue. Y dime, ¿qué es eso que hace que tenga que preocuparme por mis bellas, jóvenes y turgentes nalgas?

–Escúchame atentamente, Wittgenstein. Es vox populi que tu inteligencia es, cómo decirlo, de alta calidad. Sin embargo, a la gente como tú, a veces se le olvida que hay personas también igual de inteligentes, pero que, por humildad, no quieren hablar siempre de sus logros.

–Al grano, Martin.

–Está bien. Yo soy una persona muy trabajadora, y dicho trabajo a veces da grandes y hermosos frutos a punto de caer de la copa del árbol. Como siempre, reviso todas las transcripciones de la sala de terapias. Pero, ayer, mi olfato me hizo ver que, en la última sesión, algo andaba mal; así que comencé a analizar pormenorizadamente las conversaciones y, en este informe, se refleja el resultado de mis ideas. Te pido, por favor, que te dignes, oh, gran hombre, a conocer lo que otros también descubren.

–Está bien. Dámelo.

–…

–…

–¿Y bien?

–¿Y bien qué?

–¿Qué te ha parecido?

–Mira, no quiero ofenderte, pero, aunque estoy de acuerdo en que hay cosas en común, no creo que sea alarmante. Hay ocurrencias que pasan en más de un sitio a la vez. Igual que las menstruaciones de las mujeres que comparten un mismo hábitat se sincronizan, también puede haber coincidencias en los asuntos que a uno le rondan por la cabeza. Están aquí encerrados, no pueden salir y se aburren. Además, todos están bastante tocados, es normal que les dé por hablar de la muerte y del fin del mundo. Son como niños. No tiene importancia.

–¿Y lo de las adivinanzas?

–Sí, bueno, esto la verdad que sí se podría calificar de sorprendente, ya digo, en el caso de personas normales, pero todos leen el New York Times, hasta Anicka, y sabemos que todos hacen sus crucigramas, es normal que les haya dado por ahí. De verdad, no es por quitarte mérito, pero ya estamos al tanto de esto; de hecho, lo hemos hablado esta mañana. No hay de qué preocuparse. ¿De acuerdo?

–Como veas.

–Déjame que, si acaso, vuelva a insistirle a la madame; me llevo las transcripciones y tu informe; veré lo que puedo hacer por ti. Pero ya te digo, yo no veo indicio de nada.

–Perfecto.

–Comemos un día de estos, y no te preocupes, la inteligencia es como un buen vino, solo algunos saben apreciarlo.