Supimos que la cosa iba mal en casa cuando pasamos de comprarnos un donuts de 20 pesetas de azúcar o de 25 si era de chocolate, antes de entrar al colegio, a las galletas María rellenas de mantequilla. Estuvimos años así, nunca volvimos a los donuts con chocolate.
Retomé la costumbre de los donuts con chocolate de los 16 a los 18 años. Mi profesor de religión me los compraba antes de entrar en el instituto. Quedábamos en la estación de Sainz de Baranda. Yo venía de Vallecas, él no sé, nunca se lo pregunté. Cuando llegábamos a la estación de Herrera Oria; él se tomaba un café en la cafetería de la estación y siempre me compraba un donuts de chocolate. Me sabía a gloria bendita. Por el camino, yo le decía las lecciones de filosofía o lo que tocara en ese momento, si caía un examen. Gracias a él me aprobaron el inglés, by the face, y pude acceder a la universidad. Él siempre me decía que yo iba a ser una gran mujer, una mujer grande. Yo miraba para abajo sin entender a qué se podía referir.