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–Le llaman de nuevo, señor Adolf, alguien que se hace llamar Ávalon.

–Entiendo, pásemelo en privado.

–¿Qué quiere la CIA de mí? Estoy a punto de coger un avión.

–Su jet no despegara de Zúrich, a no ser que nosotros queramos.

–Entiendo, ¿y qué es lo que quieren para que quieran?

–Que transmita un mensaje.

–¿A quién?

–A ellos.

–Pues me quedo en Zúrich.

–Escuche, señor Adolf, la señora Margaret ha fallecido. El coche en el que viajaba ha volado por los aires cuando intentaba escapar de Un Mundo Feliz. ¿Qué destino cree que le aguarda a usted?

–…

–¿Aló? ¿Continúa usted allí?

–Sí, sí, claro, lo he entendido. ¿Qué me ofrece?

–Lo que ellos quieren.

–¿Lo tiene usted? Entonces lo tienen ellos, no se crea que usted dirige la CIA.

–Se equivoca.

–No, se equivoca usted. Cuando se desea hacer algo para lo cual es necesario inteligencia se utiliza a Nexo, él mueve los hilos.

–¿Quién es Nexo?

–Para ellos, nadie, una herramienta, uno de sus múltiples brazos, alguien tan insignificante como yo. Le daré un consejo: no se interponga en el camino de los faraones, por mucho que crea adivinar sus intenciones, jamás será lo que usted cree. Ellos piensan de un modo diferente a usted o a mí.

–¿Por qué me cuenta esto?

–Ya soy prescindible para ellos, me da igual. Da igual todo. ¿Lo entiende?

–Usted es el presidente de Un Mundo Feliz.

–Y usted es el director de la CIA y hasta ahora no se ha enterado de que estaba trabajando para ellos.

–No hemos sido nosotros los que hemos asaltado Un Mundo Feliz.

–Han sido los mismos mercenarios que utilizáis para innumerables operaciones encubiertas y que se venden al mejor postor. Nexo tiene esa capacidad organizativa. El asalto a la sede de la isla de Manhattan será con cargo al contribuyente, directamente de las arcas de la CIA. Sin saberlo, usted también es una herramienta.

–Su misterioso Nexo ha metido la pata esta vez, los científicos y sus resultados no están en manos de ellos, ni tampoco de nosotros. Los tiene el teniente Mac Cain y, créame, los mataría antes de soltarlos sin negociar con los faraones.

–¡Mac Cain! ¡El cisne negro! Muy interesante, eso lo cambia todo.

–¿No estaba usted dispuesto a negociar con el director de la CIA y piensa hacerlo con ese viejo loco?

–¿Qué?

–Que le decía que…

–Lo he oído, pensaba que no quería una respuesta. Mc Cain es un Cisne Negro. Los Cisnes Negros son como ellos, impredecibles. Hay una posibilidad.

–Señor Adolf, queremos que concierte una cita entre ellos y el teniente Mc Cain.

–¿En persona? Eso no se ha hecho nunca. Impredecible. ¿Qué pide exactamente?

–Desea que los mercenarios abandonen el recinto, escoltándole a él, fuera de Un Mundo Feliz, hasta los faraones.

–Entendido. ¿Eso es todo? ¿Qué va a pedirle a cambio a los faraones?

–Eso sólo lo sabe él y Dios.

–Muy interesante, lo apunto también. Pedirán una muestra.

–La llevará.

–Entendido. Si acceden, lo verá en televisión. Adiós.

–Espere, espere, ¿ha dicho en televisión? Ha colgado el tío este, vaya don de palabra. Mac Cain, ¿lo has oído?

–Afirmativo, señor, alto y claro.

–Mac Cain, tienes que entender que esto es casi un acto de fe por nuestra parte.

–Dejaros de fe, es un acto de confianza en mi efectividad.

–Mac Cain, tenías razón, si consigues agua bendita para purificar mi casa, te deberé mucho más de lo que me estás pidiendo. Desvélame la identidad de ese tipo, de Nexo, y te pagaré una operación de cirugía que te reconstituya la polla.

–Tranquilo, bollitos, cada vez la controlo mejor. No necesito nada a cambio, lo hago porque es mi deber. Os tengo que pedir algo más: dejad que Adolf pique billetes.

–¿Por qué? Ese tío está hasta las cejas.

–Él mismo lo dijo, es prescindible, coronel. Tengo un as en la manga, con este tío desaparecido, soy el único que conoce la situación de Un Submundo Feliz.

–Nuestros agentes nunca consiguieron dar con ella. Sólo encontramos algunas referencias en la sede de Un Mundo Feliz en Roma, pero nada que indicara su ubicación. Ahí encontramos lo de vuestro asunto, pero indagamos en los archivos de defensa (lo siento, manteca) y tampoco había nada. Pensamos que utilizaron un correo para llevarte.

–¡Ja, ja, ja!

–¿De qué te ríes cuchillo?

–Pues se ríe, Ávalon, de que el correo era él mismo. Mac Cain fue agregado a defensa porque me pidieron, desde el servicio secreto del vaticano, a alguien de confianza para transportar a un obispo.

–Cardenal, era un cardenal, el cardenal Pietro Passoli, un tipo siempre muy preocupado. Tuve que contactar con ese prenda, Adolf, para que me dijera las coordenadas, querían anular todos los vínculos posibles, así que, era yo el que me dedicaba a transportar a Un Submundo Feliz hasta que… en fin, tenías que haberme preguntado antes, bollitos.

–Piden una muestra, llévate a la agente Ellen.

–¿A la rubia? Ni hablar, ya se arriesgó demasiado, es una tía cojonuda, llegará a directora de la CIA. ¡Ja, ja! No, ese no sería un buen favor, no me hace falta.

–La agente Ellen no es ninguna corderita. ¿Crees que estos tíos no se van a blindar hasta con la guardia pretoriana si fuera necesario?

–Me constan ambas cosas, pero en esta partida llevo las cartas ganadoras. Tengo a la persona que servirá de muestra y que me será muy útil.

–Teniente Mac Cain, tenga cuidado con esas cartas. Si esa tecnología es factible, no la quiero en el mercado de armas vendidas al mejor postor. Si se han de producir y vender, que seamos nosotros, si no, no dude en eliminar cualquier posibilidad de que ocurra lo contrario. ¿Me he explicado bien?

–Se ha explicado perfectamente, negativo, mi coronel. No pienso matar a nadie.

–¡Pero qué dices, cuchillo! ¿Te has vuelto definitivamente loco?

–Joder, coronel, este cuchillo, para ser un sanguinario cyber-robot-soldado-espía tiene muchos conflictos internos, no sé si te interesa un ejército así.

–Los únicos locos sois vosotros. ¿Quiénes os creéis que sois para decidir con esa facilidad que le quite la vida a alguien? Estoy seguro de que no os gustaría que alguien decidiera, tan banalmente, que os la quitara a vosotros, ¿no? ¿Verdad? Pues a aplicarse el cuento. ¿Cómo voy a matar a esos científicos? ¿Estáis tontos o qué?

–Si es para salvar vidas, sí. Además, los faraones no han dudado en querer mataros a todos. Es inadmisible mantener cierta tolerancia con los intolerantes.

–Pero te puedes equivocar, y si te lo has cargao, ya no hay vuelta atrás. No hay por qué buscar soluciones tan bestias, ¡ya vale, coño! Estoy harto de matar gente. Los mercenarios querían matarnos porque alguien les pagaba para que lo hicieran. Los científicos desarrollan un cyborg-soldado porque les pagan para que lo hagan. Seguro que si alguien estuviera interesado en desarrollar, no sé, un cyborg-profesor de ortografía o cualquier otra gilipollez por el estilo y les pagaran lo mismo, lo harían más encantados de la vida.

–Muy filosófico. Por lo menos, cárgate a los que pagan, Mac Cain, que la situación no está para juegos de naipes.

–Puedo anularlos.

–Eso está bien, veo que entras en razón.

–Ya nos estábamos preocupando, cuchillo. Recuerda que yo tengo la última palabra. Coronel, ¿está viendo la televisión?

–Tengo a todo el departamento pendiente. No sé qué puñetero canal utilizarán, lo único que sé es que las noticias son de locos: delfines que aparecen en los lagos de Central Park, un OVNI que aterriza en Brooklyn. ¿Está viendo esto?

–Claro, coronel, también tengo a todo el departamento pegado al televisor. Los niños están encantados con los delfines, será para alguna película.

–No, no, le digo lo del OVNI, es la casa del capo Fratella. Cincuenta lacayos con metralleta, por lo menos, y se han quedado todos pétreos mientras el OVNI abducía a una limousine enterita con pasajeros incluidos.

–¡Coronel! ¡Está viendo la televisión!

–¡Dios mío! ¡Está en todos los canales a la vez! ¿Quién tiene poder para hacer esto, Ávalon?

–No sé, espera, lo están repitiendo, lo voy a apuntar de puño y letra: Los Faraones dicen sí. Disfruten de la nueva Cuba abierta. Puros Faraones. Haga como los Faraones, ellos han dicho sí a esta nueva oportunidad única. Puros Faraones. Sí.

–…

–Joder, nos hemos quedado sin habla.

–Bien, Mac Cain, es lo que esperábamos. Agente Towers, retire los efectivos.

–¿Cómo? ¿Y la agente Ellen?

–Agente Towers, es una orden, los elementos hostiles se retiran también, abandonen las posiciones.

–Ávalon, el búnker del laboratorio de experimentación está diseñado para poder entrar pero no para poder salir, es un lugar seguro para el resto de los científicos. Solicito que la agente Ellen y el agente Towers se queden ahí para su vigilancia y cuidado. Y también para contribuir a vuestra tranquilidad.

–Así se hará, teniente Mc Cain.

–Vía libre, buena suerte, teniente.

–Gracias, coronel, y recuerde: para que otro mundo sea posible, cada cual debe apechugar con la parte que le toca.

–No le entiendo.

–Me entenderá.

(…)

–¿Es usted el teniente Mac Cain?

–Sí, en mi lado más femenino. ¿No ve que es el mismo careto que el de su ficha de objetivos?

–Tengo orden de retirarme y escoltarle hasta el punto de encuentro convenido. Me piden una muestra.

–Ah, sí. Aquí la tengo, ¡doctora Islanosvka, acompáñeme!

–¿Cómo?

(…)

–Bollitos, ¿sabes que envidio a cuchillo? Odio tomar decisiones, siempre me quedo con esa sensación de no estar seguro de haber hecho lo correcto.

–Ahora estamos en manos de ese viejo loco.

–Estoy pensando que se larga con los mismos que han atacado Un Mundo Feliz para matar a los cisnes, llevarse a los científicos y hacerse con sus hallazgos. ¿No podría ser que no tuvieran intención de matar a los cisnes y que todo fuera una tapadera? A fin de cuentas, cuchillo podía haber hecho una copia de los resultados de las investigaciones y la muestra podría ser justo la científica que necesitan. El objetivo de los faraones se habría cumplido. Ese tío, el director, Adolf, dijo que nunca adivinaríamos sus intenciones, que eran imprevisibles.

–Joder, manteca, no me digas esto. Yo he confiado en cuchillo porque pensaba que tú lo hacías.

–¡Coño, bollitos! Yo he accedido porque pensaba que tú confiabas en él.