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–Mira, Mac Cain, arriba, en una ventana del hospital, Islanovska nos hace gestos.

–¿Pero qué hace este loco? ¡Está nadando con la niña hacia el pequeño Iguazú! ¡MAC CAAIN!

–TATATATATATA.

–¡NOS VEMOS EN EL BÚNKER, ISLANOVSKAAAAaaaaaaaaaa…

–aaaaaaAAAAAAAAAAH ¡CHOFFF! ¡CHOFF!

–¡Nada! ¡Nada hasta mí, Anicka!

–No puedo, algo me atrae hacia abajo.

–Sí que puedes, agárrate a mí. Eso es.

–¿Qué hacemos? ¿Cómo salimos de aquí, Mac Cain?

–No sé, me cuesta nadar y pensar al mismo tiempo. Hemos llegado a la base del pequeño Iguazú bajo los apartamentos, si pudiéramos agarrarnos a las plantas de alguna terraza.

–No sé si puedo resistir más, Mac Cain, algo tira de mí hacia el fondo.

–Son las turbinas del circuito cerrado del pequeño Iguazú, elevan el agua de nuevo a las piscinas. Tú agárrate a mí.

[…]

–¿Alejo? ¿Alejo? ¡Siempre me hace lo mismo! Cuando menos te lo esperas, coge su posibilitador cuántico y atraviesa alguna pared sin decirme nada. ¿Tú crees que eso está bien, Luccianno? ¡Un poco de comunicación! ¿No? ¡Sobre todo viniendo de alguien que dice que me quiere!

–No, no, claro que sí, sí, señorita. (No veas cómo se le pira la flapa a la niña, Malone.)

[…]

–¡Hola, mis bonitos delfines, cómo estáis! El profesor Gustav, que os quiere con locura, os va a dar vuestra comidita. Veo que hoy no tenéis mucho apetito. ¿Qué os pasa? No entiendo lo que decís.

–…

–¡Ah! Que estáis hablando con el extraterrestre. ¿Y qué os dice?

–…

–¿Qué os hace falta ya agua nueva? Sí que es verdad, cerraré las turbinas un momento para llenaros los estanques. ¡Ea! Ahí tenéis: agua nueva.

–¡CHOFFF! ¡CHOFF!

–¡¿?!

–¿Y esto? ¿Qué es lo que ha caído? Me pondré las gafas para ver mejor a los especímenes: ¡una mujer mayor y una niña!

–¡PUFFFFF! Buenas tardes, eeehh…, doctor cómo se llame, soy la doctora Eliza.

–Buenas tardes, soy el profesor Gustav. Les ruego salgan de la piscina, esta piscina no es de uso recreativo.

–Claro, claro, perdone, oiga, ¿tiene usted un trapo por ahí? Es que tengo que secar bien a esta antes de que no furule.

–¿Un trapo? Espere, que ahora mismo… Sí, mire, aquí hay un poco de gasa… Disculpe, ¿qué decís?

–…

–Está bien, queridos delfines, dejaré a la niña un ratito más en el agua para que pueda seguir jugando con vosotros, pero no mucho más, ¿eh? Continúe, doctora, ¿por dónde íbamos?

–¿Entiende usted a los delfines?

–Ellos me entienden más a mí que yo a ellos. Permítame que le cuente la historia, si no está muy apurada, porque es realmente curiosa.Todo empezó con ese juego que hacen en los acuarios en el que ponen un televisor debajo del agua con una imagen de alguien del público; cuando el delfín la ve, salta, sale del agua y busca a alguien entre el público igual y lo encuentra. Ahí me di cuenta de que estos animales eran igual de inteligentes que nosotros, y que sabían diferenciar entre la ficción y la realidad. Entonces, se me ocurrió que, si su mente funcionaba como la nuestra, esto es, por reconocimiento, según las teorías de Alexia Zyanya, entonces podrían aprender como lo hacen los humanos. Con lo que comencé a enseñarles inglés con los capítulos de Barrio Sésamo, y así progresivamente fui subiendo de nivel, hasta que ahora ya pueden entender todo lo que yo les digo. ¿No es fabuloso?

–Barrio Sésamo, ya, ya, ya. (Y luego dicen que yo estoy loco…)

–Eeehh… Es sorprendente lo pronto que han hecho migas mis delfines y su…

–Mi nieta, caminábamos por el pequeño Iguazú, y con esta muleta, ya ve, no está una como cuando joven, jaja, resbalé, mi nieta intentó sujetarme y aquí nos ve.

–Mire usted, estaré viejo y loco, pero mis facultades mentales están intactas. Eso que usted ha desmontado y está secando pieza a pieza no es ninguna muleta.

–…

–Podría explicarme, doctora, ¿para qué necesita usted un subfusil de asalto?

–Profesor Gustav, atiéndame. Todo el que esté en Un Mundo Feliz en este momento corre un grave peligro. Un grupo paramilitar lo ha asaltado.

–¿Cómo dice? ¿Militares? Vienen por mis delfines. Seguro. Pues no lo permitiré, voy a vaciar los tanques de agua para que puedan huir.

–Profesor, no se ofusque. Es un circuito cerrado. A punto han estado las turbinas de succionarnos.

–Con todos mis respetos, doctora Eliza, pero se equivoca. Un Mundo Feliz es un vergel en el centro de Manhattan. El circuito está conectado con el gran lago de Central Park. Así que voy a decirles a mis delfines que escapen por allí. No consentiré que arriesguen sus vidas desactivando minas, no, señor.

–Oiga, ¿y no podría usted hacernos el favor de decirles que se llevaran a mi nieta también con ellos? Como ya le he dicho, este lugar está en grave peligro.

–Yo no mando en ellos. Si ellos quieren… ¡Ay, lástima! El recorrido es largo, comunica con las redes de abastecimiento de agua potable de Manhattan. Tanto tiempo sin respirar, un delfín, sí, pero una niña…

–¡Snif! ¡Mi nietecita!

–Mujer, no se ponga usted así. Tal vez, estoy pensando, tal vez le estén bien los trajes de submarinista de mis bonobos. Sí, los de arriba estaban empeñados en comprobar si mantenían la misma actividad sexual bajo el agua.

–¡Anicka, querida! Dile a los señores delfines que te traigan un momento para probarte un vestido.

–¿Qué le parece, doctora? Ni que fuera hecho a medida.

–Sí que es verdad. Date la vuelta. Respira, Anicka.

–Guay, Mac Cain, qué diver.

–Le preguntaré a los delfines a ver qué opinan.

–…

–¡Bieeen, me voy con los delfines!

–¿Tú también los entiendes, Anicka?

–Pues claro, caballero de acero y crema. Los ultrasonidos se omiten porque se consideran irrelevantes para escapar del peligro cercano, es como un ruido de fondo inútil. Pero yo sí que los entiendo. Por cierto, ellos me han dicho que eres una gran actriz, “abuela”.

–Joder, me estaban escuchando. Pues si me escucháis, ya sabéis, cuidad de mi hada. Adiós, Anicka, tú sí que eres de acero y crema.

–Adiós, mis queridos delfines, adiós.

–…

–Oiga, profesor Gustav, ¿le sirve esta barra medidora? ¿Y tiene más gasa de esta que me ha dejado?

[…]

–Demasiado tarde. Corre hacia la puerta de acceso del hospital, a pesar del riesgo de fuego, desobedeciendo a nuestros hombres.

–¿Con la muleta?

–Sí, con la muleta.

–Joder, puñeta informática, a que me joden antes de que pueda abrir. ¿Y ahora qué?

–TOMOGRAFÍA CEREBRAL. ESPERE…

–Solicito salida.

–SALIDA CONCEDIDA, DOCTORA ELIZA.

–¡MAC CAIN!

–¡Chee! Las armas quietas pichoncitos o probáis mi muleta. Tirad las armas y soltad a la prisionera. Al suelo y que no os vea moveros.

–Encantado de verte, Mac Cain. ¿Cuál es el plan?

–Estos tienen montada la de San Quintín entre ellos. No se ocuparán de nosotros mientras haya fuego cubriéndonos. Así que, a los ascensores, la secuencia y al refugio de Margaret a buscar a Eliza. ¡A correr, Islanovska!

[…]

–La doctora Eliza ha salido… ¡Espere! Vuelve a entrar, lleva de la mano a una mujer, debe de tratarse de una doctora del hospital, por la bata blanca que viste. La muleta era una ametralladora. Se abre paso, disparando, hacia los ascensores del laboratorio.

–¿Y la puerta? ¿La puerta?

–Permanece abierta.

–¡Dios!

[…]

–Nada, no hay nada. Margaret no ha dejado nada aquí. Lo siento, Mac Cain.

–¿Has mirado bien, están los discos duros protegidos?

–Los discos duros están borrados. ¿Qué es esto? El abrigo de Noam. Lo sabía, no están las llaves. Han huido en su coche. Nada puede ser tan bonito.

–Pues ya somos dos los que hemos perdido el amor en esta habitación, Islanovska.