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–¡Doctora Eliza!

–¡Hola, Anicka! ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

–Me la imaginaba más joven y guapa, con la piel negra como la mummy.

–¡Toma, y yo! ¡Ja, ja! Soy yo Anicka, el Caballero de Acero y Crema.

–¡Ja, ja, ja! Ya lo sabía, Mac Cain. Siento la presencia de tu tierno corazón de crema. ¿Vienes para protegerme? Contigo me siento a salvo.

–Yo no tengo corazón, pero conmigo estás segura. ¿Qué haces aquí?

–El doctor Holtz le explicó a Daisy que aquí estaría segura. Este es su despacho y dice el doctor Holtz que es un portón blindado con cierre de seguridad.

–¿A ver? Pues sí. ¿Y ahora qué? Creo que Holtz me ha calado y me ha encerrado aquí. Dime, ¿y qué estabas haciendo con Daisy?

–Miguel Ángel me dijo que me fuera con ella cuando apagara la luz para que no me mataran.

–¿Los mercenarios?

–¿Los merce…qué? No sé cómo se llamaban, le contaba una historia a Wigenstein…

–¿A Wittgenstein? ¿Tú también conoces a ese niñato usurpador de Eliza?

–¡Es muy simpático! No es ningún niñato.

–Y van dos. No, si al final vais a tener razón. Bueno, sigue.

–Pues que apagué la luz y estaban allí con pistolas. Daisy dice que son de la familia. Mía no, espero que no sean de la de Valeria, que siempre está que si la familia pa’rriba, que si familia pa’bajo.

–¡Claro! La mafia, vienen a rescatar a Valeria de los mercenarios.

–Y tú vas a rescatarme a mí, ¿verdad?

–Sí, lo que no tengo idea es cómo. Y aquí, el baño, ¿dónde estára?

–Es esa puerta, al lado del acuario.

–Jodíos peces, qué feos son. Así, tan transparentes, dan un poco de asco.

–Son peces “abismales”, sólo son hermosos en la oscuridad de las profundidades submarinas. Tienen su propia luz.

–[Tatatatatata]

–¡Oh, oh! Lo que estoy escuchando no me gusta nada, Anicka. ¿Anicka?

–Mira por la ventana, Mac Cain. ¡Es el Goldstein State! Nuestro edificio se refleja en la fachada de espejos del rascacielos de enfrente!

–Sí, ¿y qué?

–Que no hay una sola ventana iluminada por encima de nosotros. Arriba no hay nada. Está como apagado.

–Arriba está el búnker de investigación, Anicka.

–Arriba no hay nada.

–¿Me estás diciendo que hay veinte plantas vacías por encima de nosotros?

–Sí, cuando yo me alejo de la luz, casi siempre, también me estoy alejando de la gente.

–[TATATATA]

–[¡Esto es un atropello! ¡No tienen derecho a querer entrar en mi despacho, ni en el de la doctora Eliza, ni tampoco tienen derecho a llevarse todos esos documentos!]

–[¡Cállese, viejo chivo, y ábranos esa puerta!]

–Ya están aquí, Anicka, esto se pone muy chungo.

–Miguel Ángel me dijo que me apartara de la luz para salvar a Eliza, y ahora, tú eres Eliza. Apago, ¿vale?

–¿?

–¡Anicka, la luz! La luz de los peces, mira qué bien se ve ahora. ¡El acuario oculta una escalera! ¡Será posible! ¿Tienes tu escarpelo?

–No es mío, es de Alexia. Toma.

–Cuidado, Anicka, ponte a un lado. El agua de este acuario debe de estar a mucha presión, en cuanto le haga un rasguño al cristal, estallará.

–[Viejo chivo, ¿no quieres abrir? Videla 13, ábrala.]

–[A la orden, Videla 6.] ¡TATATATATATATATATA! Abier… ¡BLAM! ¡Aaaahg! ¡ Los cristales! ¡Mis ojos!]

–¡Mis peces abisales! ¡Mis peces!

–¡Mac Cain, corre, vámonos, se ha abierto la escalera! ¡Corre, corre!

–Pero, ¿quiénes son esos? Videla 14, tráigame a esa vieja y a la niña. El resto, ocúpense de la baja y de confiscar todos los documentos que veáis. Encerrad a este chivo también con los demás en la sala de reuniones.

–¡Corre, Mac Cain, corre! ¡Tienes que correr más rápido!

–No me esperes, Anicka; en esta oscuridad, tú juegas con ventaja, ¡huye!

–¡Venga! ¡Vieja, niña! ¿Dónde os habéis metido? No me hagáis enfadar. Tengo visión nocturna, será cuestión de tiempo que os localice. ¡Venga, salid! ¿Eh? ¿O queréis probar ración de esta? TATATATATATA

–¡Estoy aquí!

–¿?

–No, aquí.

–¿? TATATATATA.

–Aquiiiiì.

–¿? TATATATATATA ¡Diablo de niña! ¡Cómo se puede mover tan rápido!

–¡Te equivocas! ¡El diablo soy yo, no la niña! ¡Toma, capullo, para que aprendas a no disparar a niñas indefensas!

–¡Qué bien! ¡Qué bien! Lo has noqueado. Mac Caaain, no he comido todavía nada. Porfa, ¿puedo?

–Claaro, Anicka, perdona. Sírvete.

–No te preocupes, cuando veo que se desmayan, me paro. (…) ¿Lo ves?

–No creas que me hubiera importado mucho que te hubieras pasado un poco con este elemento. De todas maneras, le voy a requisar su juguetito. Cuando vean que no vuelve, enviarán más. Tenemos que salir de aquí, pero, ¿cómo?

–Ven conmigo, Mac Cain, dame la mano.

–Tenías razón, Anicka. ¡Qué lugar más siniestro! Está todo en su sitio, cubierto de polvo, como congelado en el tiempo. Todas estas mesas de oficinas casi cubren toda la planta en un solo espacio, los papeles, los teléfonos, las máquinas de escribir…Todo parece como de los años veinte o así.

–Como en 1929. Ven es por aquí.

–¡Qué oscuridad, me vendría bien una linternita! ¡Sssh! ¡Escucho pasos! Espera aquí.

–¡No, Mac Cain! ¡No te vayas!

–¡Sssh!

–(…)

–¡Ahá! ¡Quieto ahí! Ya tengo postre para Anicka.

–Me…estás…rompiendo…el… cue…llo. ¡Aparta! ¿Quién eres tú?

–No, Adil, no le hagas daño a Mac Cain. Es mi caballero.

–¿Adil? ¿Mac Cain? ¿Anicka? ¡Sois los Cisnes Negros! ¿De qué me conoces, niña?

–Aquí las preguntas las hago yo, que soy el que lleva esta.

–Te desarmaría en un momento si quisiera, viejo.

–No estés tan seguro…

–¡No! Mac Cain, no le hagas nada. Es amigo de Miguel Ángel.

–¿De Miguel Ángel? ¿Este pijo presumido y engominado es amigo de Miguel Ángel?

–Sí, siempre son amigos, en todas las vidas. Aunque uno fuera un viejo y el otro un niño, serían amigos.

–Y tú, Anicka, ¿de qué conoces a esta especie de medio yuppie, medio tigre de Malasia?

–Eso me pregunto yo. Aparta la metralleta, no te lo digo más.

–Lo conocí en otra vida. Deja que te acaricie el rostro, lo tienes más arrugado.

–¿En otra vidas? Tenían razón, estáis como cabras.

–¿Qué haces aquí?

–Voy hacia arriba, vi las escaleras y subí.

–¿Y los mercenarios?

–Videla 6 y Videla 7 estaban ocupados escoltando a Miguel Ángel al búnker.

–¿Han apresado a Miguel Ángel?

–Esa sensación daba.

–¡Y no le ayudaste! ¿Qué clase de amigo eres?

–De los que hacen lo peor si se lo pide su amigo. Y ahora, si me disculpan, tengo que coger prestado un helicóptero.

–Deja que se marche, Caballero de Acero y Crema, él tiene ahora otra vida que vivir.

–Está bien, sigue tu camino, “amigo de Miguel Ángel”. Que conste que lo hago por ella, no me fío de ti.

–Ni yo de ti, robot.

–¡Cyborg!

(…)

–¡Vaya elementos con los que te juntabas en otras vidas…! Oye, te manejas muy bien por este lugar.

–Si no fuera por esos enormes ascensores que atraviesan el edificio cambiando mis recuerdos, me manejaría mejor.

–Es cierto, ¡vaya ascensores! De varias plantas de altura y sin puertas, atravesando este lugar fantasmagóricamente. ¿Para qué servirán?

–Yo sé qué hacen, Mac Cain. Mira, aquí es, asómate por la ventana.

–¿Y eso qué es?

–Son las poleas de sujeción. El andamio debe de estar por aquí.

–¿No me digas que estás pensando en subir con el andamio de los limpiacristales para colarnos en el búnker? ¿Y por qué no cogemos las escaleras como el tío ese?

–Subir no, bajar, el búnker está abajo.

–¿Bajar? ¡Ay va la osa! Por eso lo de los ascensores: aparentan subir, pero suben por el hueco de unos ascensores más grandes que bajan. Eres condenadamente lista, princesita. ¿Anicka? Pero, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?

–Él se tiró desde su despacho, varias plantas arriba. Ocurrió en el crack del 29. Cuando me asomé, la imagen de este andamio, no se me pudo quitar de los pensamientos nunca. No llegó abajo, mi amor se estampó la cabeza contra el hierro del andamio de los limpiacristales y se quedó aquí, tendido, muerto.

–¿Tu amor?

–Mi querido viejito de acero y crema, ¿aún no lo entiendes? Adil era mi amor.