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–Señor Mac Cain, no sabe cuánto le agradezco… Estoy todavía alterada. Si no llega a ser por usted…

–No ha sido nada, señorita. Ese pitopaúsico no tenía ni media hostia.

–Llámame Islanovska, por favor. También quiero pedirle perdón por el malentendido de aquella vez; comprenda que leyendo sus informes, al encontrármelo en el gimnasio, en las duchas de señora, yo pensé que…

–Nada, nada, olvidado. Acababa de hacerme amigo de una chavala que, ni en sueños, pensaba yo que alguna vez quisiera ser amiga de un viejo carcamal como yo. Y me quedé allí, como atontao.

–Ya, Valeria lo aclaró, dijo que se le había olvidado la toalla y que usted se la acercó. Discúlpeme de nuevo por sospechar de sus intenciones.

–Eeeh, sí, sí, sí, algo así fue. Y que sí, mujer, que estás disculpada.

–Señor Mac Cain, la psicología no es mi especialidad, pero, ¿es usted consciente de que, cuando obtenga Eliza, lo que obtendrá será un programa que le preguntará y le responderá en base a una programación que he creado yo, y que lo que escuchará será mi voz?

–¡Ja, ja! No me lo recuerde que me entran ganas de pedirle a usted en matrimonio. Si es que Islanovska no está comprometida.

–Estoy comprometida, gracias por el cumplido. Quiero que lo comprenda, no es humana, ni tiene posibilidad de serlo.

–Vosotros, los jóvenes de esta generación, siempre con los pies tan puestecitos en el suelo. ¿Es que os han cortado las alas? Un sueño deja de ser posible en el preciso instante en que pensáis que es imposible; si pensáis que es posible, tenéis todas las posibilidades de que se cumpla, porque actuaréis en la dirección correcta para que esto no ocurra.

–No quiero que piense que no tengo intención de ayudarle, lo que ocurre es que no deseo que se lleve una tremenda desilusión.

–Tranquila, doctora. Déjeme decirle que Eliza es lo más parecido a mí que he encontrado en este mundo. Ella es inteligencia artificial sin cuerpo. Yo soy un cuerpo artificial con mente. Grande es el amor, a veces, cuando ambos se complementan.

–Es usted un romántico, pero le recuerdo, señor Mac Cain, que usted no es ningún cyborg.

–Llámame Mac Cain a secas, y será mejor que no se lo demuestre, créame.

–Está loco, Mac Cain, pero recuperemos a su Eliza y, de paso, mis esfuerzos de investigación.

–Párese un momento.

–¿Qué te ocurre? ¿A qué tanta gravedad?

–Te voy a confiscar Eliza cuando la recuperemos. Quiero que lo sepas. Fuerzas hostiles intentan realizar lo mismo y mi misión consiste en impedírselo.

–¿Fuerzas hostiles? ¿A mi Eliza? Desvarías, Mac Cain. ¿Por qué?

–Estás consiguiendo que una máquina hable como un ser humano. ¿Sabes lo peligroso que resulta esto? ¿Un soldado-robot sería indistinguible?

–Mi Eliza no es ningún soldado. No existen los soldados robots.

–Tu Eliza se pensaba implementar a un viejo programa de defensa del cual yo formo parte. Podría haber seguido con tus investigaciones, pero para nosotros. Yo te recomendaría, si hiciera falta, para la maldita medalla del congreso.

–Se pensaba, podría, recomendaría. ¿Es que ya no va a ser así?

–El amor todo lo cambia. Aquí es: la mayor fuente de conocimiento del mundo.

–Esto no es la biblioteca.

–No, la peluquería, mi querida Islanovska, la peluquería.

–¿A quién busca? A ver si mirando los dos… La peluquería es grande.

–A un hindú. Perdón, al vicario de Nueva York.

–Señor Mac Cain, estoy aquí. Sentado detrás de usted.

–¡Señor Mahatma! ¡Madre mía, sin el disfraz, no podía reconocerlo! Señor Mahatma, tiene usted que convertirme en mujer. Es necesario para la misión.

–Eso es muy difícil.

–Ejem…disfrazarme de mujer, quiero decir.

–Sigue siendo muy difícil.

–¡…!

–¡Ah! ¡Claro! Perdónenme, le presento a la doctora Islanovska. El señor Mahatma. Eso, eso es. Eso quiero decir, como ella.

–Que deslumbre belleza, me lo está poniendo muy difícil, señor Mac Cain.

–No, no, me refiero a que sea muy femenina, como ella, pero con seriedad.

–Muy bien, pase por aquí. Le presento a Luigi, esteticién.

–Siéntese, señor. ¿Y bien?

–¡Fuera cejas, Luigi! El señor Mac Cain quiere ser un hombre moderno, un metrosexual.

–Espere, espere un momento, señor Mahatma. Luigi, ¿esto dolerá?

–Noo, señor Mac Cain, por favor. Usted es un curtido soldado, cualquier mujer se somete a este ritual de forma rutinaria.

–¡Ah, bueno! ¡AAAAAAHG! Pero, ¿qué hace? ¿Eres un sádico o algo así, Luigi?

–Fuera pelo, depilación completa, Luigi.

–¿Qué?

–¡Ja, ja!

–Mira qué risa, la de Islanovska, ¡AAAAAAHG!

–Esperemos fuera, doctora, Luigi es un experto, pero con él, puede tardar.

–…

–¿Se aburre, doctora?

–No, no es eso. Es que el señor Mac Cain me ha contado unas cosas, en cierto modo, extraordinarias; pero pueden ser verosímiles. No sé qué hacer.

–¿Qué le dice su intuición? ¿Qué le dice su tercer ojo? Este, el de su mente, por encima de la razón.

–Que debo ayudarle.

–Pues hágale caso, doctora Islanoska, el tercer ojo no se suele equivocar.

–Mírelo, señor Mahatma, ahí viene. Ya ha terminado.

–Estupendo, señor Mac Cain, buen comienzo. Ahora: vestuario. Por aquí, por favor.

–Estás muy guapo.

–Gracias, Islanovska…, ja…ja.

–Loren, sé que lo que le voy a pedir es algo inusual, pero tenemos que vestir a este machote como una verdadera fémina, ropa interior incluida. (Es algo que tiene que ver con los loqueros de arriba, viene con su doctora).

–Muy bien, señor Mahatma, que le parece un tul, ¿algo vaporoso? Traje largo, ¿elegancia?

–No, traje de chaqueta, como si se tratara de una verdadera ejecutiva.

–Muy bien, esto, esto y esto, pase a los probadores, veamos qué tal.

–¿Seguro que es necesario lo de la ropa interior?

–¡Claro, hombre! (¿Dónde piensa usted ponerse las tetas si no?)

–¡¿Tetas?!

(…)

–¡Aaaaah! ¡Señor Mac Cain qué hace usted aquí! ¡Es un pervertido!

–Disculpe, señorita, disculpe, yo… pensaba que estaba vacío, nunca me he puesto una de estas y he abierto la cortina para ver en el espejo si estaban bien, yo…

–¡Pervertido! Voy a llamar ahora mismo a seguridad.

–Señorita, señorita, espere que le aclare, este hombre está aquí como terapia para superar su fobia a las mujeres. ¿No es cierto, Loren?

–(Agente Ellen. Agente Ellen. Agente Towers, corto y cambio).

–La doctora Islanovska está con él.

–(Comprendo, no estás en situación de comunicación. Escucha con atención: una explosión de grandes dimensiones ha sucedido en los aparcamientos subterráneos del Goldstein State. Repito: una explosión de grandes dimensiones acaba de tener lugar, localizada en los aparcamientos subterráneos de Un Mundo Feliz. ¿Tenemos actividad en la sede de Un Mundo Feliz? Inspeccione, procúrese comunicación segura e informe. Corto y cambio.)

–Eeeh. .. ¡Ah! ¿Está con usted, doctora Islanovska? Eso lo cambia todo, está bien, se lo dejaré pasar, pero esta me la pagas, Mac Cain. No me quedo con ninguna, Loren, me ha surgido algo urgente, me tengo que marchar.

–¡Fiuo! Asunto solucionado. No me meta en más líos. Soy hindú, pero hasta nosotros tenemos nuestro límite con la paciencia.

–¡Ja, ja, ja!

–Guárdate la risita, Islanovska. ¿Te lo estás pasando bien? ¿Eh?

–Es que… ¡Ja, ja, ja! La fama le precede y se ha topado precisamente con ella… Además, con ese traje chaqueta, está fantástica, ¡ja, ja, ja!

–Bueno, vamos a pintarte. ¿Preparado, señor Mac Cain?

–A ver qué remedio.

–Esta es Manuelita, otra artista, lo dejo en sus manos. Manuelita, el señor Mac Cain es un valiente que ha decidido salir del armario.

–¿Qué?¡Mahatmaaa…!

–Se siente muy mujer, así que base de maquillaje completa, maquillaje muy suave, acentúaselo en los ojos, algo de sombras, aquí, aquí y aquí, píntale unas cejas muy perfiladas. Mándamelo cuando esté listo, voy a supervisar cómo ha quedado la otra. ¿Me acompaña, doctora Islanovska?

–Claro.

–Muy, muy, muy bien. Excelente, un poco de color aquí y creo que lista. ¿No te parece, Islanovska?

–Guapísima. Doctora, quiero aprovechar para decirle que es un honor conocerla. La admiro profundamente.

–¡Tú eres la voz de Eliza!

–Sí, yo intentaba modelar su consciencia.

–Ay, qué pena, lo siento, de verdad, siento habértela jugado con Eliza, comprende que se trataba de un reto, no es personal.

–No importa, me has hecho un favor, este sitio empezaba a asfixiarme.

–Te puedo decir que vas por muy buen camino, te felicito.

–Gracias, viniendo de usted es lo mejor que podría escuchar. Ahora se me abren nuevos caminos.

–Ya, pues ten cuidado con esos caminos, a ver a dónde te llevan a parar.

–Señor Mahatma, el señor Mac Cain está listo.

–Muy bien, gracias, Manuelita. Venga, señor Mac Cain, que le veamos.

–¿¡MAC CAIN!? No, no puedes ser tú. Mahatma, Islanovska, ¿vosotros estáis viendo lo que veo yo?

–¡Cachis en la mar! ¡La madre que te parió! A ti sí que no hay quien te reconozca. ¡Vaya-pedazo-de-guayabón! Chiquilla, ¿tú te has visto bien? ¿De dónde has sacado ese estilizado cuerpo tan morboso? Si es que ya no puedes llevar una falda más corta ni unas botas más altas. Y ese top rojo que se te marca y se te trasparenta todo, ¡válgame dios! ¿Es que quieres convertirte en arma de destrucción masiva? ¿Eres consciente de que vas a ir dejando un reguero de hombres muertos por infarto de miocardio a tu paso? Me postro ante tus pies, Alexia, te han convertido en la diosa del deseo.

–Pero, qué exagerado, ¡por favor! Deberías haber sido actor, Mac Cain. Y tú, ¿qué? ¿Qué haces vestida de esta guisa?

–Y, contigo de actriz, seríamos la pareja más glamurosa del celuloide.

–Sí, claro. Pero no me has contestado.

–Cumplo mi misión, la doctora Islanovska me ayuda. ¿Y tú?

–Tengo una cita.

–¿Y quién es el afortunado? No me digas que…

–Se dice el pecado, pero no el pecador.

–Acércate, (es mi primera cita es tres años).

–(Pues lo vas a matar)

–(Ojálá fuera un polvo de muerte).

–Basta de cuchicheos. Tenemos trabajo, señor Mac Cain. Falta mi toque final.

–Adiós, Islanovska, adiós a todos y, gracias, Mahatma. No quiero llegar tarde a mi cita. Islanovska no te fíes de él y, con falda, menos.

–Bueno, al trabajo. Estos pechos están formados por agua y un poco de aire, su movimiento será natural, vas a ser la teniente más escotada cuando esto te abulte. Redondearé un poco los pómulos y… Voilà: mujer, mujer.

–Espera, falta algo.

–¿Qué escribes en esa tarjeta, Islanovska?

–Ahí, en el bolsillo de la chaqueta.

–Doctora Eliza. ¡Qué fuerte!