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–(¡Ooooh!)

–(¡Increíble!)

–(Bravo, bravo).

–¡Miguel Ángel! ¡Me persiguen! ¡Me quieren matar!

–(Jodida gente. Por los suelos, por unos cuantos dólares, la voy a perder). ¡Apártese, señora!

–Dejad que los niños se acerquen a mí. Tú, por ejemplo.

–(¡La niña! ¡Ahí está con el mago! Blanco fácil. Dispara.)

–Señorita Daisy, al sonido del trueno, apague la luz un segundo. (Escóndete con Daisy, tras el mostrador, Anicka, ella te protegerá).

–¡PANG!

–Anicka, ¿qué haces aquí abajo?

–Me persiguen, señorita Daisy, ayúdeme, por favor.

–Ven conmigo.

–¿Dónde vamos?

–Vamos al casino. El jefe de seguridad del hotel está allí. Veamos en las cámaras quién te ha disparado.

–¿Y si él está allí? Tengo mucho miedo.

–Anicka, tranquila, estás segura conmigo. Y, ahora, cuéntame qué ha pasado.

–Los vi…

–¿Los?

–Sí, eran dos. No estaba Eliza y me puse a hablar con el señor Wittgenstein, que me pareció muy simpático. Estábamos hablando tranquilamente, apagué la luz y allí estaban. Tenían pistolas. Grité y corrí tanto que no vi nada más.

–¡Señorita Daisy! Precisamente, estaba intentando conectar con usted, tengo el casino lleno de pavos con aspecto, cómo se dice, ¿góticos? ¿Tienen…?

–Anicka, quédate aquí en las máquinas mientras hablo con este señor.

–Vale.

–Escúcheme, acaban de disparar a esta niña en el hall, la cría dice que eran dos. Páseme hacia atrás las imágenes, debemos identificarlos y reducirlos.

–¿En el hall? Lo que vi fue un número de magia.

–Lo sé, yo estaba allí. Póngamelas.

–¿?

–Hay fuego. ¡Fuego en el hall!

–¡Pero si no han saltado las alarmas! No puede ser.

–Ocúpese, déjeme a mí con las cámaras. ¿Tiene imagen del hospital?

–Lo siento, señorita Daisy, son sistemas independientes.

–No importa, espero que la cámara dé ángulo para poder ver…

–¡No funciona! ¡No funciona! ¡Los sistemas antifuego no funcionan!

–¿Qué? Espere, ahí está… ¡ ¿Ese es el tipo que buscaba a Wittgenstein?!

–¡Señorita Daisy, no hay comunicación! ¡No podemos avisar a los bomberos! Esto no puede ser cierto.

–¡En la cámara, mire, hay alguien en el fuego, en la escalera de la capilla! ¿Valeria? ¡Valeria está entre las llamas!

–¡Dios mío! Cogeré unos cuantos hombres y los extintores, pero eso no podrá con el fuego.

–Mire, hay más gente en la escalera principal, y llevan trajes ignífugos, ¿quiénes son esos? ¡Oh!

–Todas las cámaras inoperativas a la vez, señorita Daisy. Esto es deliberado. Es un atentado.

–Llevaré a la niña a algún lugar más seguro, ¿y la niña?

–No sé, estaba aquí ahora mismo.

–¡Anicka! ¡Anicka!

[…]

–Señora, ¿sabe usted que esas máquinas están diseñadas para que su dueño gane dinero?

–¡Niña! ¡Me has asustado! ¿Qué haces escondida ahí abajo? Seguro que me estás gafando.

–¿Qué le ha salido?

–Una estrella y dos manzanas. ¿No eres muy pequeña para estar en el casino?

–Estoy con la señorita Daisy. Apueste tres blancas y aguante la apuesta.

–Tres blancas no salen nunca. Además, ¿qué puede saber una niña de máquinas tragaperras?

–Cuanto más tiempo juegue, más perderá. Sólo gana el que juega poco y le toca; si sigue, lo perderá todo. Un sistema aleatorio reparte los premios por las diferentes máquinas. Cuando completa el ciclo, marca tres blancas en todas las máquinas y vuelta a empezar. Lo aprendí ganando puntos en el videojuego “Pac-man Pot”.

–¿Qué dice esta niña?

–Que aguantando la apuesta en tres blancas, da el premio en todas las máquinas.

–Yo voy a probar.

–Y yo, ¿cómo dice que es?

–¡Anicka! ¡Por fin! ¿Qué haces aquí?

–Me dijiste que me escondiera en las máquinas.

–Sí, pero no me refería a las tragaperras. Anda, marchémonos.

–¡Déjela, mujer! La niña está intentando ayudarnos. Nos hemos quedado sin un duro de los planes de pensiones con la crisis. Estamos jugándonoslo todo a la desesperada.

–¡TRILILILILILILILILILILILILILILILILI…!

–¡Tres blancas! ¡Tres blancas! ¡El premio! ¡En todas las máquinas a la vez! Gracias, gracias.

–TRILILILILILILILILILILILILILILILILI…

–Te llevo al hospital, con el doctor Holtz, el gabinete posee sistemas de seguridad independientes, estarás protegida. Yo… tengo algo que hacer después. No, Anicka, no me fío de los ascensores. Por las escaleras mecánicas del centro comercial, por aquí.

–Trililililililililililitatatatatatatrilililililili…

–¿Por qué se para, señorita Daisy?

–Me ha parecido escuchar el sonido de metralletas… Con el escándalo que están formando las máquinas, no sé. Vamos, Anicka, rápido.

–Es que…

–¡Vamos, Anicka, por favor! ¡Démonos prisa!

–Es que acabamos de cruzarnos con la doctora Eliza. Lo ponía en el cartel del pecho: doctora Eliza, lo he podido leer claramente.

–¡¿Qué?!