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–Lo que tienes en la manga no es un jóker, señor Mac Cain, sino todos los jókers que quiera, ¿lo ve?

–¡Ja, ja! Diablo de tipo, ¿cómo lo haces, Miguel Ángel?

–Quiero presentarte a una persona, un verdadero maestro. Un intocable al que a todos aquellos que sientan deseos de obtener sabiduría les agradaría ser tocado por él. Lo conocí en la India mientras cultivaba el poder del pensamiento. Ha venido a visitarme.

–No se nos permiten visitas sin autorización. ¿Cómo lo has colado?

–Si eres el vicario de la congregación de Nueva York, tienes autorización. Señor Mahatma, por favor, puede acercarse, quiero presentarle a un buen amigo.

–No puede ser, ¿cómo lo ha conseguido? Me da hasta repelús verlo así.

–Señor Mc Cain, es un placer conocerle. No es difícil, si se hace magia con el plástico y el maquillaje.

–Pero es que es igualito al mismísimo tío este. Monseñor Pérez se llamaba, ¿no?

–Observo que usted lleva una máscara de usted mismo, señor Mac Cain, aunque, en el fondo, todos nos ocultamos bajo nuestra propia máscara.

–Mac Cain, el señor Mahatma me ha comunicado que sus dotes están a tu servicio, si es que, en algún momento, te pueden servir de ayuda para llevar a cabo tu misión.

–No es por despreciar, señor Mahatma, pero es la primera vez que siento que de verdad que voy a luchar por la libertad, con lo que prefiero hacerlo a rostro descubierto.

–Como quiera, señor Mac Cain, si me necesita, estaré allí donde las fuentes de conocimiento nos desbordan.

–¿La biblioteca?

–La peluquería, señor Mac Cain, la peluquería.

–Bueno, yo debo comenzar mi gran número, Valeria se merece un inolvidable día de cumpleaños.

–Ve, ve, yo también tengo que hacer algo antes de que empiece la fiesta, y, Miguel Ángel, no dudes de este perro viejo para completar la misión con éxito.

[…]

–Eres una incompetente, me has decepcionado. Todo lo que he hecho por ti, lo que me he esforzado para que pudieras continuar junto a mí, ¿y así es cómo me lo pagas? ¿Con semejante fracaso? Esa mujer ha destapado a tu Eliza como si estuviera jugando a los cromos. Es vergonzoso, Islanovska.

–Profesor Martin, comprenda que…

–Que eres incapaz de hacer nada por mí. Eres una egoísta. ¿Has pensado en qué lugar me dejas? ¿Serás capaz de pensar alguna vez en mí y no en tus tonterías de esto se puede mejorar así, esto otro necesita nuevos ajustes? Y yo, dándote cuerda para qué. Resultados es lo que yo quiero y no tus pamplinas. Pero esto es lo que se puede esperar de una egoísta estrecha como tú. Egoísta, torpe e inútil.

–El proyecto Eliza se asienta en las bases de pensamiento de esta mujer. ¿Qué esperaba, profesor? Sepa que me siento muy honrada de que Alexia haya podido deducir las implementaciones pragmáticas y las pautas de conducta de Eliza, señal de que llevo el mejor de los caminos. Cosa que usted, ni en su momento más lúcido, sería capaz de hacer. ¿Cómo puede llamarme egoísta si le he brindado lo mejor de mis conocimientos? Es tan monstruosamente injusto… Es tan monstruosamente injusto que creo que, a partir de ahora, va a tener que prescindir de una inútil como yo para sus exposiciones y artículos. ¿A ver qué tal se defiende con Eliza usted solito, genio de la lámpara?

–¿Ah, sí? ¿Eso es lo que opinas? Esos son los dossieres y todos los archivos de Eliza, ¿verdad? ¡Démelos!

(…)

–¡Venga! ¿No dice que estoy yo solito con Eliza?

–Pero, ¿qué está haciendo? ¡Son años de trabajo! ¡No los rompa!

–¡Ahí, a la papelera! Me importa un carajo tu Eliza, ya encontraré la manera de responsabilizarte a ti de todo. ¿Qué te crees niñata, que me vas a vacilar?

–¡Pero que tooooontas somos las mujeres! ¿Cuándo aprenderemos? Pensar que he suspirado por este desgraciado. Este mameluco castrado intelectualmente, que en lo único que es capaz de emplear sus neuronas es en mendigar, manipular y usurpar los conocimientos de otro. Las únicas personas que pueden aspirar a puestos como el tuyo son hijoputas psicópatas, capaces de tratar como perros a los que tienen abajo y de lamerles el culo a los que tienen arriba con la misma entrega y dedicación. Asco de seres. Me das una pena terrible: te morirás sin conocer el amor y la amistad, pensando que el mundo es todo como tú, podrido, que todos hemos tenido una vida tan patética como la tuya, sin posibilidad de disfrutar absolutamente de nada. Qué tristeza. Si hasta tenías que fardar de que te acostabas conmigo. Es duro aceptar que, si no hubieras nacido, el mundo sería un lugar más habitable, ¿verdad?

–Eres… ¡Eres una maldita zorra! ¡Lo que te pasa es que llevas toda la vida arrastrando el virgo, puta reprimida! ¡Pero eso te lo voy a arreglar!

–¿Pero qué intentas hacer? ¡Déjame!

–Que te deje, pero cómo te voy a dejar, si estoy a punto de darte todo lo tuyo.

–Aaaaggggg, aggg, suéltame hijo de la gran puta.

–Llora, llora, que como dice la canción, quien bien te quiere, te hará llorar, y yo estoy a una puntita de quererte mucho.

–¿Doctora Islanovska? ¿Se puede?

–¡Ayúdenme, por favor!

–¿Doctoraaa…? ¡Pero qué hace este cabrón! ¡QUÍTESE DE ENCIMA, MAMÓN! ¿No la has oído? ¿NO LA HAS OÍDO?… Pues ahora sí que no lo vas a oír.

–¡AAAGH! ¡Mis oídos, mis oídos!

–Señorita Islanovska, sé que no es el mejor momento, pero estoy en una misión, necesito los archivos y los dossiers de Eliza. Tú, prenda, ¿dónde vas? ¡Ven aquí!

–¡Aaagh! ¡Suéltame las orejas!

–Señor Mc Cain, ¿se olvida de que soy su doctora? Sé que no se encuentra en activo, además, este imbécil acaba de romper todo mi trabajo y lo ha tirado a la papelera.

–¡QUÉEE! ¡Capullo violador, te has atrevido a tirar a mi amor a la papelera!

–¡Mis orejas! ¡Mis orejas! Ella llevaba mucho tiempo insinuándose, pensé que se estaba haciendo la dura, perdona, Islanovska, perdona por el malentendido.

–No le haga caso, es un experto menando la colita para recibir su hueso. Perrito faldero “Cum Laude”. Está hablando de Eliza, no de mí, idiota.

–Pero no puede ser, Eliza es una máquina.

–Es el señor Mc Cain, está loco. Si te hubieras molestado en leer uno sólo de mis informes, lo sabrías, gilipollas.

–Se agradece la sinceridad, doctora. Sí, estoy loco, pero loco de AMOR. Veamos qué vista tenemos desde este despacho: Ah, el pequeño Iguazú, una maravilla del siglo XXI en Un Mundo Feliz. ¿A qué altura estamos desde el hospital? ¿Quince, veinte plantas?

–¡No suelte la corbata, por favor!

–¿Dígame donde hay una copia de Eliza o formara parte de los adornos del hall?

–No sé, no sé, tal vez Margaret…en el búnker…

–Doctora, ¿sabría usted asegurarme, si los encontrásemos, que se trata de Eliza completa?

–Claro, pero se trata del búnker de seguridad, no tengo acceso.

–Maldito rastrero, nos da información a sabiendas de que no vamos a poder acceder a ella. ¿Ha escuchado hablar de la torre inclinada de Pisa? Si cedo un milímetro más de la corbata, la torre se cae y ni yo podré sujetarla.

–¡Espere, espere! Hay una manera. Para mantener el secreto, dotamos a Eliza de una personalidad falsa. Como evidentemente nunca ha estado presente, se encuentra a falta de la tomografía cerebral y demás comprobaciones, con las cuales el scanner le daría acceso.

–No se vería raro que yo entrara acompañando a mi superiora, la doctora Eliza. ¿Pero cómo va a conseguir usted hacerse pasar por la doctora Eliza?

–Conozco a quien me puede ayudar. ¿Qué quiere que haga con este mentecato?

–¡Tírelo…! A la papelera.