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–Querida Eliza, hoy es un placer verte. Nuestra última vez. Tiene que ser corta pero muy muy intensa.

–Hola, Alexia, siéntate por favor.

–Muchísimas gracias por la invitación a sentarme. Tengo un dilema, Eliza, y vengo a consultar contigo dicho dilema. He leído por internet que los conspiranoides dicen que el departamento de defensa ya está introduciendo a las máquinas en nuestra sociedad, como si fueran humanos, y que nosotros no lo sabemos, porque, mientras las máquinas respondan como lo haría un humano, jamás sabremos diferenciar por nuestra interacción si es una máquina o un humano. No sé si me entiendes. El famoso dilema. Tú sabes. Veamos qué respondes a esto, bonita.

–Gracias por lo de bonita. Es un detalle por tu parte.

–¿Ves? Ahora, yo podría interpretar que lo que has dicho tiene sentido, ya que puede que lo hayas dicho con ironía, pero yo sé que no sabes hacer ironías, ni sarcasmos.

–Yo soy una reputada psicóloga. Puedes consultar mi curriculum vitae por internet. He tratado a muchos pacientes, creo conocer un poco las emociones y cómo el ser humano gestiona sus relaciones.

–Lo que más me intriga es la voz. Es perfecta, indistinguible. Cómo lo habrán hecho. Veamos, Eliza, cómo puedo saber qué eres, si encima no te puedo hacer ninguna pregunta.

–No, te recuerdo que no forma parte de tu rol en esta consulta hacer preguntas directas al psiquiatra.

–Muy bien, comienza la fiesta. Comencemos por algo fácil. La casa pintó a Pedro un caballo gigante en la nave espacial de mi planeta.

–Has dicho que un caballo gigante fue pintado por la casa para Pedro en la nave espacial de tu planeta.

–Sí, he dicho eso.

–Ya. Tú no tienes un planeta.

–No, es verdad. No tengo un planeta. Pero yo ahora digo que tengo un planeta.

–Pero no puedes decir que tienes un planeta si no tienes un planeta. Tienes un problema, Alexia, cuéntame, qué te ocurre.

–Es que la gente me dice que yo no soy de este mundo.

–La gente no te puede decir que no eres de este mundo, cuando lo eres.

–Sí, pero es que lo dicen de un modo figurado.

–Lo siento, no conozco el uso figurado de esa expresión.

–Eliza, las perlas de mis dientes brillan más que las estrellas de la noche.

–Tus dientes no son ni tienen perlas. Es imposible que una perla brille más que las estrellas de la noche. Por favor, cuéntame, ¿qué te hace tener estos pensamientos?

–Ahora, hagamos una prueba de conocimientos. Veamos, de una vez por todas, cuál es tu ideología política. Los gobiernos conservadores han usado la infraestructura militar para comerciar ilegalmente opio trayéndolo en aviones desde Asia. El gobierno prohíbe el uso de esas drogas, que luego se distribuyen, para que los negros de las clases sociales más bajas las consuman o las vendan. La droga para los faraones es una manera de producir delincuentes que les hagan poner más policía en la calle con el objetivo de quitarle poder civil a los ciudadanos.

–Los faraones han muerto hace mucho tiempo y, por tanto, no pueden tener ciudadanos. Alexia, ¿de qué quieres exactamente hablar hoy? Sabes que estoy aquí para ayudarte. Respecto del tema de las drogas, ¿quieres drogarte?

–Un porro de marihuana, por favor. Y rapidito, que no tengo todo el día.

–La marihuana es mala. Está comprobado científicamente.

–No creo en dios.

–Dios está en todas partes.

–Los preservativos no evitan el SIDA.

–Alexia, no estoy de acuerdo. Los preservativos sí evitan el SIDA.

–Hombre, menos mal. Ahí por lo menos no se han pasado mucho. Ya solo faltaba que te metieran bases de datos gestionadas por la Iglesia. Vamos a ver, voy a jugar contigo un rato.

–Esto no es un juego.

–Claro que lo es. Vamos a jugar al corre que te pillo. Si adivino lo que vas a decir, entonces te habré cazado.

–Tú no me puedes cazar a mí, porque yo no soy un animal.

–Ya lo creo que puedo. Soy más inteligente que tú. Yo puedo llegar a saber cómo funcionas; tú, en cambio, no me conocerás jamás.

–No estoy de acuerdo.

–Tú no puedes predecir lo que yo voy a decir.

–No puedo.

–Yo sé predecir lo que tú vas a decir.

–Nos estamos alejando de la cuestión. No nos centremos en mi persona, sino en la tuya. Cuéntame tu día, Alexia. ¿Qué has hecho hoy? ¿A qué hora te has levantado? ¿Sigues viviendo por la noche y durmiendo por el día?

–Ahora yo te voy a contestar que he tenido un día estupendo, y tú me vas a preguntar que qué es lo que lo ha hecho ser tan estupendo. Y puedo hacer esto ahora porque tú construyes tu respuesta a partir de la última frase cuando no has entendido nada de lo anterior como ahora. He tenido un día estupendo.

–Y, dime, ¿qué es lo que lo ha hecho ser tan estupendo?