Cuando el oro se mueve…
Catedral de Notre Dame, París.
Muerto de amor, incapaz de olvidarla, impedido para marcharme, así transcurren mis días en la pensión Ulises, a escasos metros de Notre Dame, donde una puerta abierta me espera, aunque no por mucho tiempo.
De forma obsesiva, me echo el Tarot una y otra vez, buscando una señal, pero las cartas me gritan que un acontecimiento de gran calado va a ocurrir, y que no tiene nada que ver conmigo. Analizo computacionalmente la posición de las estrellas, y ellas me dicen lo mismo. Debo marcharme, pero ni quiero, ni puedo; y además siento que debo quedarme. El por qué no lo sé.
De un tiempo a esta parte, me revolotean unas misteriosas mariposas en el estómago y loco por darles la razón, rastreo la internet día y noche, noche y día, como un sabueso, hambriento de una buena historia que colgar del árbol del conocimiento.
Como siempre le pasa a los espíritus dispersos, me quedo enganchado a la noticia del asesinato de un mendigo en Nueva York.
Al parecer, se han encontrado con que el ajado y maltrecho carro del mendigo estaba lleno a rebosar de lingotes de oro, tapados con sucias mantas llenas de chinches. Mi ojo clínico de investigador me dice que cuando el oro se mueve… es que algo muy gordo va a pasar.
Intrigado por este hecho tan extraño, en medio de una gran crisis de vivienda y de pobreza en los antiguos Estados Unidos de América, me planteo seriamente cruzar el charco, como se dice aquí, e investigar quién está detrás de este asesinato. Tengo una corazonada, y por qué no confesarlo, también albergo la esperanza de dar con La Red Invisible, la no estructura del bien, la sociedad secreta más misteriosa de toda la historia contemporánea, y de la que no se sabe prácticamente nada, salvo que su círculo más externo se hacía y se hace llamar Niebla.